Perdóname madre por dejar la casa en silencio. Por ya no jugar con la pelota y por que mis visitas además de ramos, te he traido noticias de que estoy más lejos.

Me abrigas, me preguntas si ya comi, me das las mismas advertencias una y otra vez: “come bien, reza, cuídate mucho”.

Y justo cuando me siento abrumado recuerdo la fecha del calendario.

Tus brazos madre, que tanto me protegian se han vuelto frágiles, y tu flor se marchita entre sonrisas y recuerdos. Vuelves a ser niña y la única persona que conoces soy yo.

Mami, ya soy un hombre y tu ya no cuidas más retoños. Que más te puede quedar a ti, madre, que tu hijo; tus padres amorosos han muerto y tu única luz era aquel latoso griton que se le encantaba partirse la cara en el asfalto.

Yo te entenderé a la perfección madre cuando mis últimas horas lleguen, y mi soledad y vejez aplasten mi aliento.

Hoy solo paso a dejarte de propina un beso.

Dime todos los apodos que quieras madre, trátame si quieres como a un recién nacido.

Lo sabes, tus fuerzas ahora son las mías y ya no me puedes detener. Lo único que te queda es ser una mamá honoraria.

“¿Ponte el suéter, qué hiciste hoy, como se llama esa muchacha? Vuelve pronto, visítame más seguido, reza por mi a diario…”

No, esas no son palabras de una madre protectora. Son los “te quiero” y los “no me olvides” de una mujer que me dio su vida.

Nadie te obligó a tenerme, nadie te forzó a protegerme, creíste que yo valía la pena y creeme, que incluso en la derrota más apabullante, me levantaré a romperles su madre, porque yo, soy un niño de mami.

Abraham Arreola
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Imagen de Harut Movsisyan en Pixabay