Todas las noches, los fantasmas salían y agitaban nuestra débil puerta de madera. Sin luz, apenas una veladora de baja calidad, escuchando alacranes por toda la habitación, con hambre y comida insuficiente.

Las bestias rondaban afuera buscando presas, nosotros escondiéndonos; yo, abrigado por dos mantos, mi madre y mi hermana.

“No mires a la puerta” me decían. Ahora lo entiendo, no es que fuera prohibido mirar la puerta, pero la realidad era tan horrenda, que seguramente habría tenido un trauma más grande.

Pasos de gigantes rompiendo todo alrededor, sonidos guturales de fieras sedientas, hierba seca rompiéndose y el viento cantando: “estás solo” mientras despeinaba los árboles.

Y aún así, podía dormir feliz.

Ya no había reproches, tampoco alcohol, mucho menos golpes. La noche, aún siendo salvaje, nos pertenecía.

Ni mil demonios rondando fuera de nuestra casa nos quitaban esa calma.

Y entendí que para descansar en paz, solo lo puedes hacer en vida. Y fue que sentí por primera vez que estaba vivo.

Texto: Abraham Arreola
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Portada: Imagen de Bessi en Pixabay